Solaris (Steven Soderbergh, 2002)

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Soderbergh es un tío un poco raro. Aclamado por el círculo “indie” por aquella Sexo, mentiras y cintas de vídeo (Sex, lies and videotapes, 1989) es una especie de eterno outsider, un Danny Boyle, un tipo que definitivamente hace cine de autor… pero ¿cuáles son sus huellas de enunciación, de autoría? Nadie le va a acusar de hacer dos películas iguales. Bueno, sí, esas terribles secuelas de los Ocean’s, pero no vienen al caso.

Tal como le da por hacer filmes pasto para los Óscar, le da por hacer un remake de la espectacular Solaris (Solyaris, 1972) de Tarkovsky. Proyecto que, cuanto menos, aterra. Recordemos que una de las obras cumbre de Tarkovsky dura poco menos de tres horas y evidentemente fue financiada por el gobierno soviético. Se trata de una película lenta, reflexiva, contemplativa ante todo… ¿Cómo puede alguien con la tendencia al videoclip de Soderbergh (su The girlfriend experience como ejemplo más evidente) enfrentarse a semejante despropósito? ¿Con James Cameron como productor…?

La cosa ya de por sí prometía bastante poco. Pero sorprende positivamente y responde a la eterna duda de qué hubiera pasado si en vez de ir los soviéticos a Solaris, hubieran ido los estadounidenses. Esta claro que lo primero que habrían hecho es enviar a George Clooney y no a… Donatas Banionis.

Soderbergh esquiva la primera piedra con éxito: la ciencia ficción es una excusa. El debate que se plantea es el moral; la ciencia ficción es una excusa para hacer una película. “En Stalker y en Solaris si algo no me interesaba era la cienciaficción”, así habló Tarkovsky.

De esta manera, Soderbergh se desmarca rápido y nos envía a las inmediaciones del planeta Solaris. Una introducción de unos 40-50 minutos se convierte en un corto preámbulo de apenas 10. A Soderbergh le da bastante igual. Decide que en vez de interminables planos de zoom parsimonioso y reflexivo (aunque también hay alguno) toca corte de primer plano conjunto (tiene tanto de romance como de ciencia-ficción, esto es, el toque justo, así que la cosa requiere) a plano medio, contraplano y volvemos a empezar. Se nota que se lo pasa bien más tarde, en la sala de montaje y la cosa le va muy bien.

Seres que surgen de los recuerdos, eso es lo que da Solaris. Seres incompletos, que te tienen a ti y a Solaris como un creador. En cierto modo no se puede aprender nada de los sueños, pues no hemos recogido nada de fuera… de ahí esa incompletitud. Curiosamente, este dilema sale fuera de la película y nos puede llevar a delirios varios sobre la condición del remake… ¿Qué son estas marionetas, merecen vivir, nos dan algo nuevo o son sólo lo anterior con incómodas carencias?

La película convierte 165 minutos en 90; las carencias son inevitables. Pero parece que, a pesar de todo, Soderbergh supo captar el espíritu, la esencia de su original soviético o quizá la obra original del polaco Stanislav Lem. Es por ello que el resultado es efectivo. Sus detractores no hacen más que ensalzarla y darle puntos: Sí, es lenta. Sí, “no pasa nada”.

Especialmente destacable y fiel al espíritu, casi sobrepasando a la original, es la escena del primer encuentro con la “réplica” y ese tenso plano-contraplano; Kelvin (Clooney) no habla con su mujer, habla con Solaris.

Solaris cambia pues su color, ahora es púrpura, azulado y no amarillo brillante. Pierde sus mejores escenas o las que yo recordaba con mayor nitidez, aquella descripción de la terrible visión de uno de los científicos o el cumpleaños en la biblioteca. Pero mantiene lo indispensable para su supervivencia y el resultado es efectivo, en buena parte por la buena mano de Soderbergh tanto con la cámara como en la sala de montaje.

Nota: 7/10; a dos largos pasos de su maestro titiritero, pero se mantiene en pie sola.

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~ por pejake en 8 noviembre 2009.

2 comentarios to “Solaris (Steven Soderbergh, 2002)”

  1. No te bastaba con la scene, xD

  2. No, Arturito, esto es una nueva era de totalitarismo cinematográfico, no es una batalla fácil, pero nada que se gane fácilmente merece verdaderamente la pena

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