

No soy muy dado a hablar sobre el argumento de una película, prefiero centrarme en otros aspectos y utilizar ejemplos de la trama para ejemplificar. Pero una película tan sumamente estúpida se merece un minucioso estudio de todas sus gilipolleces. Damos comienzo al tema.
¿Cuántas veces hemos visto una película y hemos dicho “Qué mala es”? Que si qué pintaba este plano, que si qué confusa esta parte, que sí qué final más cogido por los pelos, que si ahí se ha visto un micro…
Me encanta “Noviembre” por este mismo motivo: es malísima sin caer en fallos técnicos, y, realmente, no de guión a nivel formal.
La película narra las aventuras de Alfredo (Óscar Jaenada), que llega a Madrid repleto de sueños a una escuela de arte dramático (o algo así). Allí se nos presenta un lamentable colectivo de personajes super alternativos que odian “este jodido mundo” y desean cambiarlo.
Alfredo tiene bien claro desde el principio lo que quiere hacer: un grupo de teatro callejero “libre e independiente” y, ante todo, no cobrar un chavo por ello. Desde el principio de la película vemos cómo va captando a los personajes que va conociendo en el nuevo entorno para su magna empresa.
A los dos días abandona su escuela de arte e interpretación (o lo que fuere) porque un profesor se cabrea con él por mentirosete. Este punto es el que me resulta especialmente confuso para con sus defensores, que opinan que para entender esta película hay que haberse subido a un escenario. ¿No es el teatro, como cualquier arte, algo en lo que “dejarse la piel”, como bien le dice el profesor al Sr. Jaenada? ¡Pues no! Alfredo en dos días de escuela ya parece saber todo lo que hay que saber para rebelarse contra el mundo del teatro, contra el consumismo y “este jodido mundo” en general. Y le perdonamos que la mitad de esos dos días se los haya pasado haciendo malabares, tomando birras y echando petas con los colegas. Eso sí, no duda hacer su airada salida con un monólogo triunfal sobre que quiere hacer teatro para mejorar el mundo, ayudar a la humanidad, hacer posible la comunicación entre las personas y (seguramente lo pensaba, pero se lo guardó) hallar la cura contra el cáncer. Este monólogo le vale más tarde el poder hacerle un bombo a la que estaba buena de clase, que no quiere quedar como una consumista que va a clase y se las pira también. Veo necesario añadir que la supuesta pasión de Alfredo y su grupo “Noviembre” por el teatro no se muestra en ningún momento como algo tangible como leer a los grandes del, asistir al, debatir sobre, o admirar el mismo. Más bien se manifiesta como una pataleta contra la gente que cobra por hacerlo y a la gente que paga por verlo, esos desalmados consumistas.
Así que ya puede dedicarse a lo que realmente quiere: el teatro callejero. Esto es disfrazarse e ir haciendo el gamberro por ahí en mayor o menor medida. Puede ser haciendo que una tía finja orgasmos y se le suba la falda (no paseén a sus hijos por ahí o un paseito de domingo puede convertirse en balbuceos sobre de dónde vienen los bebés), haciendo música en el metro y bailando por el vagón (lo siento si te apetecía leer un rato) o parodiando el mundo de la mendicidad y la miseria (con esto último dicen que conciencian a la sociedad, no es broma). Estas actuaciones están grabadas con bastante buen gusto y rigor técnico, detalles que no hay que olvidar pues la salvan del abismo del 1, la nota mínima, en puntuación.
Cansados de flirtear con la policía y las multas, deciden hacer algo serio. Fingen que un tío le pega un tiro a otro en plena calle, movilizando a los servicios de seguridad y de emergencia momentáneamente. La bromita les vale un juicio y que no puedan hacer más el gamberro bajo pena de muerte (en realidad no, pero hubiera estado guapo como símbolo de la represión estatal). Está bien señalar que antes también tenían prohibido hacerlo, pero bueno, ahora más.
Entonces llega el gran dilema moral de la película: un loco, un visionario, un mecenas, un calvo les dice que quiere que hagan numeritos callejeros pero en plan legal. Alfredo empieza a retorcer las facciones en una mueca de horror, pero el calvo ya ha soltado la bomba: el tío pretende PAGARLES por ello. El tío aclara rápidamente que les pagará bien poco, pero nuestro rebelde protagonista no parece muy convencido. Decide consultarlo con el grupo.
Las posiciones se enfrentan: ¿no habíamos dicho que no íbamos a cobrar? Sin motivo aparente, a Alfredo le ataca la madurez (ah, por cierto, acaba de traer una hija a “este jodido mundo”) y decide que ya que si así no les arrestan puede estar bien. Esto le enfrenta a la facción dura del grupo, Dani, el malabarista del fuego. Él prefiere la cárcel a venderse de semejante manera. Le invitan a abandonar el grupo. Él dice que no les dará semejante placer.
Es el día de la función, un costoso e impresionante despliegue de medios en el que Alfredo aparece crucificado como Jesucristo que es, ya que muere por todos nuestros pecados contra el arte. Dani enloquece. Fuera de sí, empieza a TIRARLE AGUA a la gente, a su querido público callejero.
Dani, se te ha ido de las manos. Queríamos innovar y provocar; lo de fingir la muerte en plena calle pase, pero eso de mojar a la peña es cruzar la línea que no se debe cruzar. Es el principio del fin.
Pero aún queda la guinda. Mediante un contacto entran en el Teatro Real a dar un paseo. Quedan impresionados por su grandeza. “¿Te imaginas actuar aquí, tío?”. El grupo ha perdido el norte y, seguramente crecidos por la fama, olvidan sus orígenes humildes. Alfredo entra raudo a poner orden lapidariamente: “Está bien. Prefiero la calle”. Sin embargo, el gran teatro le ha dado una idea…
=============SPOILER=============
Escondidos entre la multitud, durante una función, se disfrazan de payasos. Alfredo desciende desde el techo del escenario con un trapecio, deteniendo a los actores y su función. Aquí (poniendo voz de payaso, es un actor del método) dice estar aburrido de esta gente (está hasta los cojones de la ópera, no entiende como la gente puede seguir yendo) y EMPIEZA A LLORAR POR LA MUERTE DEL ARTE. Es, personalmente y permitidme que me emocione con las mayúsculas, mi momento favorito de la película.
Poco a poco, sus compañeros camuflados entre los asistentes a tan repulsivo acto de teatro consumista se levantan y tocan sus instrumentos para acompañar las sabias palabras de su líder y sus risotadas payasiles. Alfredo saca una pistola.
Los de seguridad, que ya habían llegado raudos se cagan en todo. Alfredo aprieta el gatillo. En el cañón del arma, aparece una bella flor blanca, símbolo de su pureza. Poco después, sin darle la posibilidad de la duda porque es después y no antes de ver que el arma es de broma, el guardia de seguridad dispara, dando muerte a Alfredo como el mártir que es. Alfredo sabía probablemente demasiado. Cierre y despedida.
============= FIN DE SPOILER=============
La película se ahoga en su pedantería. Estos chavales hacen algo original, bienintencionado. No están cambiando el mundo. A nivel más personal no me gusta lo que hacen, porque me gusta ir por la calle tranquilo. Detesto que me acorrale gente quiera o no mi dinero. Pero bueno, los chavales van con su buena fe. Pero no cambian el mundo. No rompen con nada. Es insufrible que un niñato te dé lecciones morales sobre la vida y al arte. La película podría ser interesante si no ensalzara a estos personajes como héroes y santos; mostrándonos su idealismo vacío y poco concreto. Pero nadie, en toda la película, se les enfrenta. Son el BIEN. Resulta especialmente molesto que no respeten algo tan noble como es el teatro que pagas por ver.
Las actuaciones son bastante malas, pero es algo que estaría dispuesto a perdonar. El hecho de que esté rodado como falso documental es bastante trivial, pero le da más que le quita, a pesar de que los momentos más bajos de actuación son en esos fragmentos.
Sinceramente espero que el señor Mañas se esté descojonando, mientras bebe oporto en alguna mansión, de la legión de lelos alabadores de esta película que se identifican de forma tan falsa con su protagonista.
Nota: 2/10, algunos momentos de inspiración con la cámara le salvan de la nota mínima. Basura. Sólo apta para idiotas. Si te gustó esta película, probablemente te sientes una persona pensante en contra de un mundo de gente “que no piensa”; piensa un poco más.